Fuente: The New York Times
Alice Chandler cría caballos de carrera a la manera en que lo hizo su padre. Para
hacer coincidir padrillo y yegua, la Chandler sigue la tradicional máxima, "Unir al
mejor con la mejor y esperar lo mejor".
¿Pero qué ocurriría si, al combinar una unión prometedora, la señora Chandler y
otros criadores pudieran controlar no sólo la ciencia tradicional sino también la
genética molecular? ¿Qué tal si pudieran detectar la vulnerabilidad a distintas
enfermedades o heridas que frecuentemente dañan a los pura sangre? ¿O si un simple test
de ADN, tomado de una crin los ayudara a identificar los marcadores genéticos para una
performance excepcional?
Hace años, nadie hubiera soñado con algo así. Pero ahora Proyecto Genoma Equino, una
iniciativa que comenzó hace seis años impulsada por un grupo de genetistas preocupados
por la falta de investigación genética en caballos, puede hacerlo posible.
Aunque al principio el trabajo avanzó más lentamente que los de otras especies, en
1995, el doctor Robert Bailey y otros científicos decidieron que la solución era
colaborar. Determinaron dos familias de caballos de referencia y convinieron en compartir
muestras de ADN y otros recursos de laboratorio.
El proyecto equino, que involucra a 25 laboratorios en 15 países, tiene una meta más
modesta que el esfuerzo realizado en el genoma humano. En lugar de deletrear los
nucleótidos que integran del ADN de todos los cromosomas, ellos están haciendo un mapa e
identificando los genes y marcadores -pequeños fragmentos de ADN que sirven como
señales- en los cromosomas del caballo.
Los investigadores están estudiando la genética que condiciona casi todos los rasgos
del caballo, desde el color del cuero hasta la fisiología muscular y las enfermedades
óseas. "Cuanto más sepamos, más podemos hacer", afirmó Nick Nicholson,
presidente de Keeneland, una compañía de caballos de carrera.